Opiniones Principales

Las infamias de una senadora y una historia personal como pretexto

Por Beatriz Aldaco (Texto retomado de su perfil de redes sociales)

 

Fui a un colegio religioso en Ensenada desde antes de cumplir los cuatro años hasta que terminé la secundaria. Le debo mucho a esa escuela: educación en valores y modales, un nivel académico de excelencia, la amistad que cultivé con varias de mis compañeras (una de ellas es como mi hermana).

A mi papá le interesaba mucho el nivel académico, no la religión; era liberal, un juarista convencido. A mi mamá también le importaba lo primero, pero quería que a la vez adquiriéramos y practicáramos los principios religiosos con los que ella comulgaba.

Tenernos inscritos en esa escuela significó grandes sacrificios para mis papás, pero sus objetivos estaban muy claros y los defendieron y sostuvieron. La colegiatura era cara y mi papá tenía que hacer malabares con su cheque quincenal de la Secretaría de Agricultura y Ganadería para que alcanzara el dinero.  Por eso en mi casa nunca hubo excedentes; vivíamos al día, de modo que no tuvimos lujos, aprendimos a ser austeros.

Por cierto, siempre que le preguntaban a mi papá a qué se dedicaba, contestaba: “Soy empleado federal”. Lo decía con orgullo, pero también con modestia. “Pero papá, si tú eres ingeniero agrónomo egresado de la escuela de los Hermanos Escobar de Ciudad Juárez y te titulaste con una tesis sobre el almácigo del tabaco, ¿por qué no dices que eres ingeniero?”, lo cuestionábamos. “Porque me dedico a servir al gobierno federal con mis conocimientos de ingeniero agrónomo, eso es lo que yo hago, y así como yo hay miles, tengan o no tengan una carrera universitaria”, nos respondía. Mi papá fue el hombre más honesto y bondadoso que he conocido en toda mi vida.

Aunque mis papás siempre nos enseñaron a respetar a los que tenían menos que nosotros, como era el caso de las empleadas que, de vez en cuando, ayudaban a mi mamá en las labores domésticas, con cuyos hijos convivíamos y jugábamos, fue hasta que entré a la universidad que me topé con el mundo real, me volví “rebelde” y comprendí que, salvo lo que veíamos en casa, en el colegio nos habían educado en una burbuja de niñas bien. Poco nos pedían que volteáramos a ver al pobre, al desprotegido. Las actividades que llegábamos a realizar de apoyo a los que tenían menos que nosotras eran esporádicas, ciertos días del año, no nos fueron inculcadas como parte de nuestra vida.

Pero en mi casa era diferente. No se respiraban dosis de clasisimo. No digo que no hubiera algo de eso, pero no era lo que predominaba. Mis primeros novios de la adolescencia iban a “escuelas de gobierno” (como se les denominaba para diferenciarlas de las particulares, en una división clasista y repugnante), y no había impedimento familiar alguno para ello, aunque a varias de mis compañeras eso les parecía completamente inapropiado.

No se piense con todo lo dicho que pretendo dar la idea de una mujer pletórica de virtudes y exenta de defectos por los valores aprendidos y la recompostura posterior de mi visión del mundo. ¡No! Todo lo contrario. He sido y soy un costal de fallas y deficiencias, ahí están 57 años para atestiguarlo, cada uno de ellos con su propia historia y particularidades. Mi vida ha sido en buena medida un desaprendizaje permanente y me ha costado mucho trabajo reconocer y enmendar las numerosos equivocaciones y desatinos que he cometido y sigo cometiendo.

Valga todo lo dicho anteriormente para platicarles que anoche no dormí recordando todo lo anterior, después de que vi a una senadora comportarse de la manera más grosera y vulgar en una comparecencia, espetando mentiras, agrediendo, ofendiendo, culpando sin pruebas a su interlocutor, todo desde el coraje y el odio más inauditos. Desenfrenada en sus embates y, sobre todo, falsa, muy falsa.  No diré su nombre porque me da escozor escribirlo, todos saben de quién se trata.

Ella estudió un tiempo en la misma escuela que yo (pasó una temporada de su infancia en Ensenada) y lo que advierto en su persona es que no inoculó los valores que nos enseñaron. Ni valores, ni modales, ni conocimientos. Pasó de noche por la parte noble de haber estudiado en ella y se quedó en la burbuja de niña bien, a la que fue agregando por su cuenta oportunismo, soberbia, odio y traición (que nunca nos enseñaron en el colegio).

Ya escribí hace semanas un artículo donde digo lo que pienso de la farsa que protagonizó, fingiendo asumir los valores de la 4T para luego pasarse al PAN, con cuya plataforma siempre coincidió.

Agregaré finalmente dos detalles: uno, nunca cumplió la promesa que hizo al pueblo de Ures, Sonora, de donar una ambulancia, cuando las autoridades le dieron las llaves de la ciudad por considerarla un personaje famoso y con influencia (Martha Cajigas lo informó ayer de primera mano), y dos, que utiliza sus redes sociales para fingir que le preocupan los pobres.

Si de veras quisiera ayudar a niños pobres enfermos, ¡que los apoye directamente!, ¡es senadora!, ¡tiene los medios para hacerlo desde la posición que ocupa! Que no comparta fotografías solicitando ayuda de la comunidad, para pasar falsamente como una persona preocupada por el prójimo, o que lo haga una vez que ella hizo algo, ¡algo!

La hipocresía y la mala actuación coronaron ayer la personalidad de un ser que no debería estar ocupando una posición de poder. Los profesores del Colegio México deben estar muy avergonzados de ella.

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