Opiniones Principales

Pesticidas neonicotinoides, la miel y las abejas

Por Alfredo Acedo

Una vieja canción de Alberto Cortez planteaba la cuestión capciosa de si es más importante la miel que las abejas. La apicultura en México tiene una gran importancia socioeconómica, por ser una de las principales actividades pecuarias generadora de divisas. Pero más allá, las abejas son imprescindibles para el equilibrio de los ecosistemas. Ni más ni menos. Estos laboriosos insectos polinizan innumerables especies y más del setenta por ciento de los cultivos en el mundo, de ahí la urgencia de proteger la población de abejas en nuestra región y en el planeta, porque son factor absolutamente necesario para la conservación de la vida, en cuya red, la nuestra es un nodo más.

En la sierra de Álamos, los buscadores de colmenas descienden por las laderas poniente de los cerros al atardecer. Así, a contraluz, es fácil observar los troncos de los árboles donde se congregan insectos. De ese modo detectan a las abejas entrando y saliendo de las oquedades de los troncos. Se trata de una sorprendente especie sin aguijón, y uno no puede dejar de sentir compasión por este insecto no más grande que una mosca, indefenso frente al hacha que expone a la luz sus colmenas compartimentadas con un orden perfecto de polen, larvas y miel.

Los apicultores de Cajeme y Bácum —como todos— en su labor de criar y cuidar abejas para aprovechar la miel, el polen, la cera, la jalea real y el propóleo, deben llevar a cabo una serie de tareas, que incluye el emplazamiento de las colmenas, la recolección de los productos apícolas y actividades de mantenimiento y limpieza. La apicultura es una actividad productiva sustentable, que podría ser estratégica en Sonora, si contara con recursos suficientes para su desarrollo. Se estima que ochenta por ciento de la superficie de la entidad alberga una amplia variedad de flora idónea para la producción apícola. Por ahora, son producidas entre unas 180 y 540 toneladas de miel al año (las fuentes difieren) que ubican al estado en la lejana posición número 20 en la escala nacional, pero los apicultores locales aspiran a incrementar su producción y colocar sus productos en otros países.

El problema para los apicultores y para el planeta es que tanto las abejas silvestres, como las de apiarios, se encuentran en peligro de extinción a causa de prácticas irresponsables en la agricultura y las actividades ganaderas, forestales e industriales, convertidas en fuentes de contaminación ambiental.

Por eso, los 28 países de la Unión Europea han prohibido el uso de tres insecticidas neonicotinoides muy usados en todo el mundo en cultivos de maíz, canola, algodón y girasol, entre otros. Científicos europeos han dictaminado que los pesticidas imidacloprid y clotianidina, fabricados por Bayer, y tiametoxam, elaborado por Syngenta, son causa de la preocupante muerte masiva de abejas.

La prohibición europea ya no es noticia, si tomamos en cuenta que ocurrió hace dos años. La novedad es que el 21 de octubre el Congreso del Estado de Durango aprobó por unanimidad las reformas a la Ley de Gestión Ambiental Sustentable, que prohíbe el uso de plaguicidas agrícolas que contengan neonicotinoides.

Desgraciadamente, el Congreso de Sonora desaprovechó su oportunidad de haber sido el primero en sentar el precedente nacional de protección a las abejas y a la vida, cuando el año pasado aprobó la ley de fomento apícola, sin establecer medidas efectivas contra el impacto de los agrotóxicos en las abejas. Fue una lástima.

La propuesta de Ley de Fomento Apícola y Protección a las Abejas como Agentes Polinizadores para el Estado de Sonora, presentada por el diputado de Morena, Norberto Ortega Torres, incluía en el Artículo 47 un tímido párrafo alusivo a los neonicotinoides, que desapareció en el texto aprobado por el pleno:

“Artículo 47. Con el objeto de proteger a las colonias de abejas de la acción tóxica de productos químicos, agropecuarios y forestales, se establece la obligación de los agricultores, ganaderos y silvicultores de avisar por escrito, cuando menos con setenta y dos horas de anticipación, a las autoridades de sanidad vegetal y animal correspondiente, al Ayuntamiento, organizaciones de apicultores del municipio y los productores que tengan colmenas o apiarios dentro del predio y predios colindantes donde se emplearán dichos productos, a fin de que los interesados tomen las medidas que estimen pertinentes para evitar la intoxicación de sus abejas”.

“Así mismo, por considerar peligroso y de alto riesgo para las abejas se prohíbe la aplicación de pesticidas, particularmente los neonicotinoides: la clotianidina, el imidacloprid y la tiametoxam en los lugares antes citado en donde las colmenas se encuentren instaladas con anticipación.”

En la ley en vigor, no aparece el párrafo precedente. De por sí es difícil imaginar a los apicultores cargando con sus colmenares cada vez que los productores agrícolas apliquen los plaguicidas químicos, o —absurdamente— sólo eviten esparcir el veneno en los lugares donde radican las colmenas, como si no se compartiera el mismo aire e ignorando los largos y constantes viajes de las abejas.

Todo un capítulo de la ley, el décimo segundo, denominado “de la protección del hábitat y de las abejas agentes polinizadores”, no aborda ni por descuido el tema de los neonicotinoides, solamente contiene una imprecisa indicación a la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Recursos Hidráulicos, Pesca y Acuacultura del Gobierno del Estado de Sonora de “regular la implementación de contratos entre agricultores y apicultores con el propósito (de) proteger primordialmente a los agentes polinizadores y el hábitat del uso de pesticidas”.

Mientras tanto, los neonicotinoides mencionados, pertenecientes a una familia de pesticidas que afectan el sistema nervioso de los insectos, están identificados entre los cincuenta plaguicidas altamente peligrosos utilizados en el Valle del Yaqui, incluidos en esa categoría por su fuerte toxicidad aguda o crónica, poder residual y daños a la salud humana y al ambiente. También porque han sido prohibidos en otros países y forman parte de convenios ambientales internacionales restrictivos.

El año pasado, los apicultores del sur de Sonora registraron una caída del cincuenta por ciento en la producción de miel y la atribuyeron a que “los agroquímicos y la deforestación han causado que los enjambres solo produzcan de 20 a 30 kilos cuando en ciclos anteriores rebasaban los 80”. Llamaron la atención sobre la importancia de las abejas como polinizadoras y la amenaza representada por los agrotóxicos y la tala inmoderada de árboles, como el mezquite para la producción de carbón.

De acuerdo con información de productores hermosillenses, en Sonora se pierde cada año una tercera parte de colmenas formadas en el mismo período: de 60 mil colmenas, 20 mil desaparecen a causa del uso de pesticidas químicos que diezman la población de abejas. En otras palabras, se mueren de 600 millones a mil 200 millones de abejas, dado que en cada colmena viven entre 30 y 60 mil ejemplares. ¿Cuántas plantas se quedan sin polinizar?

En vez de un falso dilema entre la miel y las abejas, es interesante hacernos otra pregunta ¿en qué se parecen las calabazas, el melón y las fresas? Casi en nada, aparentemente. Sin embargo, son tres vegetales con valor económico y alimenticio, integrantes del conjunto de especies que no existirían sin el servicio de polinización que prestan las abejas.

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