Opiniones Principales

La Cuarta Transformación en Sonora será cultural o no será

Por Beatriz Aldaco

No sé si es coincidencia o los organizadores eligieron con toda premeditación que participáramos juntos en esta mesa el autor del capítulo del agua y la autora del capítulo de la cultura del libro Sonora 2021. Propuestas para su transformación, coordinado y editado por los doctores Alfonso Durazo y Álvaro Bracamontes, respectivamente, pero no podían haber combinado mejor dos temas en una sola actividad. Ambos elementos ilustran con fidelidad lo que básica y esencialmente somos: cuerpo y espíritu. Sin el nutriente esencial para la vida, el agua, y sin el nutrimento indispensable para el alma, la mente y la sensibilidad, la cultura, no sobreviviríamos, por lo menos en el caso de esta última no de una manera digna.

Por supuesto que ambas entidades, el agua y la cultura, no están terminantemente separadas sino que se entrelazan e imbrican, por eso podemos hablar tanto de una cultura del agua, como del papel que ha jugado el agua en la cultura y el arte de los pueblos. Podemos aseverar también que sin agua no hay cultura, pero también que sin cultura el agua sería un simple insumo esparcido azarosamente en la naturaleza.

Nos reúne aquí el gran desafío de la transformación de Sonora, concretamente en esos dos temas. Son palabras mayores, como mayúsculos son los retos a los que desde ya nos estamos enfrentando y estamos obligados a afrontar y resolver. El impulso optimista y jubiloso que nos mueve, o nos debe mover si queremos alcanzar nuestros grandes anhelos, porque nada se conquista desde el pesimismo y la zozobra, es, primero que nada, la conciencia y el privilegio de ser partícipes de esta trascendente etapa de la vida política de México.

Ya sea como meros observadores o como agentes de cambio; como modestos cooperadores o como tenaces ejecutores de las nuevas estrategias; como obsequiadores de pequeños granos de arena o como cargadores que llevan en sus espaldas piedras tan pesadas como la del Pípila, que no como la de Sísifo, a quienes estamos a favor de la Transformación nos unen la imaginación y el trabajo por un nuevo modelo de país, porque las nuevas y añoradas realidades tienen siempre su simiente en los sueños, la esperanza sostiene los bosquejos de su estructura y su realización obedece a un mandato casi infalible: la vinculación, el lazo irrompible y permanente entre los ideales y las acciones.

La cultura es y ha sido siempre un tema tan escurridizo como el agua que se nos desliza de las manos cuando las posamos bajo un grifo abierto. Para algunos la cultura es todo y para otros comprende sólo las manifestaciones artísticas; se le puede concebir como todo aquello que la civilización ha logrado y construido o como expresión propia de una élite dotada de ciertas virtudes o habilidades inalcanzables para buena parte del resto, como una condición del ser humano o como monopolio de unos cuantos.

Como comodín de una baraja, se ha usado tanto para reivindicar a los pueblos como para denostarlos o justificar atrocidades. No olvidemos una de las frases más escandalosamente fallidas pronunciadas hace unos años por el entonces presidente de la república, un mensaje fatalista y perverso que dice así: “En México la corrupción es una debilidad de orden cultural”, como si ese mal, el principal a erradicar en el país, fuera un componente de nuestro gen cultural nacional.

Baste ese ejemplo para comprender la magnitud del desafío que significa transformar la idea de cultura, las políticas en torno a la cultura, las acciones a favor de la cultura, las estrategias que nos lleven a enriquecer la cultura, el compromiso de atender y fortalecer sin distingos las variadas y diversas manifestaciones culturales.

Compartiré algunos de los principios que, consideramos, son esenciales para planear esa transformación cultural desde las instituciones destinadas a ello:

1.- El concepto de cultura de la Cuarta Transformación debe rebasar o superar lo que tradicionalmente se ha entendido como “alta cultura”, horizontalizando el ejercicio de las disciplinas artísticas tradicionales e incluyendo a las culturas comunitarias en todas sus variables y especificidades, con base en análisis y categorización de su naturaleza y potencialidades.

2.- El nuevo criterio rector de la política nacional en todos los órdenes, y la cultura no puede ser la excepción, es la reducción de la desigualdad de la población en el ejercicio de sus derechos. En este caso la transformación en el terreno de la cultura debe priorizar la atención de las poblaciones más vulnerables, sin que esto signifique desestimar a sectores tradicionalmente consolidados. “Por el bien de la Cultura, primero los Pobres”, sería el principio preponderante de la Cuarta Transformación en esta área, “sin dejar a nadie atrás, sin dejar a nadie fuera”.

3.- Las nuevas políticas públicas en materia de cultura deben idear un nuevo paradigma concibiendo a las personas y comunidades no como simples receptoras de las acciones del Estado, sino como generadoras y participantes activas en un conjunto de procesos en los cuales las instituciones tienen únicamente el papel de facilitadoras. En otras palabras, todas las personas, no sólo los artistas, artesanos o los llamados creadores, son portadoras de alguna manifestación cultural material e inmaterial, mediante la cual participan activamente en la construcción cotidiana de su propia identidad y de la comunidad a la que pertenecen. Eso hay que atender, eso hay que descubrir, eso hay que rescatar. Ése es, también, un trabajo que está por hacerse.

4.- El modelo de desarrollo actual en México está basado en la búsqueda del bienestar para todos y en ese contexto se busca promover una “Cultura para la paz, para el bienestar y para todos”. De ahí que haya que diseñar estrategias culturales que coaduyven a lograr una convivencia social pacífica, plena, inclusiva, participativa, con sentido comunitario y con mejores elementos para desarrollar la creatividad individual y colectiva. Se deberá responder a la pregunta: ¿cómo desde la cultura y el arte es posible fortalecer y restablecer los lazos comunitarios y sociales, sobre todo en poblaciones donde impera la violencia, para contribuir a la paz? Y es que hay que refrendar siempre, en los programas y en los hechos, que el arte y la cultura son procesos plenamente vinculados con el devenir histórico.

5.- Un propósito y un reto fundamental planteado ancestralmente y nula o ineficientemente resuelto, es fortalecer el potencial de las manifestaciones culturales en el plano económico. La promoción de la cultura debe tender a empoderar a los actores para lograr la profesionalización de sus actividades, con el fin de evitar una dependencia continua con respecto al Estado. Es necesario elevar la calidad de los productos culturales y artísticos a través de actividades pedagógicas y formativas dirigidas a los actores y así vincular lo mejor posible la actividad artística y cultural con la sustentabilidad de los proyectos, la comercialización de los productos y las remuneración económica para los creadores, al tiempo que se va cobrando un impacto en la economía de la entidad.

6.- La animación cultural debe ser circular, no sólo de los centros hegemónicos hacia las “periferias” como ha sido la costumbre, sino, sobre todo, de las comunidades hacia afuera, en tanto irradiadoras y generadoras prístinas de expresiones artísticas y culturales. Este objetivo exige un trabajo inmenso de diagnóstico, en este caso en todas las poblaciones de Sonora.

7.- Vinculado con el punto anterior, resulta obligado diseñar estrategias para reducir la distribución inequitativa de los bienes y servicios culturales y el desarrollo desigual de la infraestructura cultural en la entidad. Por eso, hemos hecho la siguiente propuesta: Un centro de cultura comunitaria por cada Centro Integrador del Desarrollo y Banco del Bienestar. Los Centros Integradores de Desarrollo son espacios concebidos para acercar al Gobierno de México a la gente que vive alejada de los grandes centros poblacionales. Se están creando trece mil en todo el país y en ellos confluyen personas y actividades productivas, comerciales y sociales para promover el desarrollo local. Pues bien, agreguemos a ellas las propiamente culturales y artísticas.

Un precioso antecedente de los centros integradores es el hospital-pueblo, o pueblo-hospital fundado por Vasco de Quiroga en Michoacán en el siglo XVI, creado inicialmente para atender la salud del pueblo purépecha pero al que se fueron integrando talleres de orfebrería, cerámica, trabajo de cobre y madera, música, lectura y escritura. Las comunidades de usos y costumbres de Oaxaca son otro ejemplo importantísimo que nos sirve de referencia.

Una de las tantas definiciones que da Antonio Gramsci de la cultura enfatiza la organización, la disciplina del yo interior, la toma de conciencia de la propia personalidad; cómo los pueblos codifican y materializan su visión del mundo, mediante todo lo cual logran comprender su valor histórico. Explorar esas especificidades en la población sonorense constituye el principal reto cultural de la próxima administración estatal de Sonora.

 

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