Por H.P. Fraijo

6:00 PM DIA UNO
Cuatro días con tos, hoy me siento débil en extremo.

No tengo otra señal, más que la maldita tos que manifiesta un dolor como una opresión en el pecho cada vez que lo hago y una debilidad al querer hacer el más mínimo esfuerzo. Es hora de ir al médico.

Con la recomendación de mi esposa, de que use bien el cubreboca, entro a consulta al ISSSTE, en Hermosillo, Sonora. El médico me ausculta, toma mis signos. El conteo me dio muy baja saturación de oxígeno. El galeno valora también los pulmones. No le gusta lo que escucha e inmediatamente me envía a una tomografía.

El aparato estaba descompuesto (sucede a menudo en hospitales de gobierno). Entonces el médico, cambia la solicitud a rayos x.

Cuando regreso al consultorio, el doctor ya tiene en su pantalla de computadora el resultado de la radiografía. Alcanzo a ver la imagen de mis pulmones. Un sesenta por ciento de ambos, está cubierto por una mancha, como si fuese un huevo estrellado con picos alargados por el impacto, representando estos, a dedos o garras en completar el aprisionamiento del sistema respiratorio.

No hay duda y lo siguiente fue enviarme al área de tratamiento de Covid. Ya no pude salir. Mi esposa se llevó mis pertenencias y quedé prisionero en una cama, vestido con una prenda a la que no le importa enseñar mis nalgas al aire.

Me volvieron a tomar los signos vitales y en cuestión de minutos, ya estaba canalizado con suero y conectado al aparato, tratando de recuperar el resuello y los niveles de oxigenación.

El pabellón consta de alrededor de 35 cubículos de dos metros y medio por tres, separados por unas cortinas que no logran su cometido de dar un poco de privacidad a quienes yacemos conectados al vital aire. Un médico está a cargo de un grupo de enfermeras, a quienes se le asigna a cada una, el cuidado de tres o cuatro pacientes.

De un vistazo, hago una valoración según mi entender, de la situación que impera dentro del área restringida en la que hemos sido confinados para librar una lucha por la vida.

A mi derecha, a un metro y medio de distancia, un señor con una edad aproximada de sesenta y cinco años, pelea con la enfermera por evitar tomar senósidos; no quiere nada con laxantes, a pesar de los consejos de su cuidadora de la necesidad de hacerlo, porque tiene tres días sin evacuar. El oxígeno se le suministra en fuerte dosis, su conteo de saturación lo exige. También usa una sonda conectada a bolsa de desechos para la orina. Se niega a un baño, porque todavía no lo necesita.

A mi izquierda, también a la misma distancia, una señora lucha para alcanzar respiración; igual se le suministra fuerte dosis de oxígeno. Desde que llegué, no he dejado de escuchar los fuertes sonidos que hace (gruñido al respirar y lamento al expulsar). Cuando los ruidos se hacen más agitados, acude su cuidadora a tomarle de nuevo lectura de oxigenación. La baja saturación, obliga a subir el fluido respiratorio y a cambiar la posición a boca bajo para que respire mejor. La mujer se resiste a estar en esa posición, argumentando que no le gusta; le precisan que debe estar así para que se ayude, de lo contrario, sus niveles podrían bajar en forma alarmante y tener un suceso funesto.

Ya no hace los sonidos de gruñidos y lamentos de dolor, los cambió por una cantaleta interminable de “¡No me gusta estar boca abajo, vengan a voltearme!”. Las insistencias del personal, de que aproveche el aliento para tratar de respirar largo y pausado para que se mejore, no funcionan; por horas, escuché su constante reclamo, de que la volteen boca arriba.

Enseguida de ella, por el lado contrario, el paciente Rafael es el que presenta mejor aspecto; en un día más, es posible que le den de alta; es muy platicador, sobre todo con las enfermeras que lo consienten, y el viejito se deja querer.

Enfrente, con el pasillo de por medio, otra mujer con una bolsa en la cara que le sirve como recipiente de aire, respira con dificultad, su quejido es más suave. ¿Será que la bolsa le ahoga el sonido?
Igual que todos en el pabellón, esta canalizada con sus botellas de suero y medicamentos colgando de los ganchos colocados en las cabeceras de las camas. Por lo menos no es tan escandalosa como los vecinos a mis lados.

Enseguida de ella y justo enfrente de mi vecino quejoso de la derecha, una mujer mayor de edad, cuya virtud es pasar el tiempo dormida (gracias a Dios), ¿estará sedada? La manipulan las enfermeras sin que dé señal alguna de estar consciente o de molestia por la intromisión de estas en su cuerpo para sacarle sangre, inyectarla, limpiarle las heces fecales o retirarle la orina de la bolsa recolectora conectada a la sonda.

A su izquierda, otra mujer de aproximadamente 45 años, de tez morena, canalizada con varias botellas colgantes de suero y medicamentos, también usa una bolsa adherida al inhalador de oxígeno para recibir mayor cantidad de él. Está consciente y platica con sus cuidadoras, con voz un poco afónica. Es a la persona que veo con más facilidad por el ángulo de visión en que ambos estamos, por lo consiguiente ella también me ve perfectamente, debido a que las cortinas de nuestros cubículos no alcanzan a taparnos y queda una abertura considerable en ambos.

Los demás ocupantes, quedan fuera de mi visión, pero no de mi oído y por lo consiguiente están presentes en mi área de percepción.

Ante ese panorama me encuentro en mi llegada al pabellón de los condenados.

Trato de asimilar el hecho de que traigo el mal en mi cuerpo.

Estoy en un área completamente infectada del virus, con precarias defensas ambientales y de desinfección; con médicos y enfermeros que parecen astronautas con sus trajes de protección.

Prácticamente, estoy en la zona de guerra más peligrosa contra la enfermedad. Tomo conciencia de que mi salida victoriosa del lugar, dependerá de tres cosas básicamente: de la fe y confianza que deposite en Dios para sacarme de este lugar; de la eficiencia de la medicina que me suministrarán y de la actitud positiva que tome en la lucha que voy a librar.

Así que, lo primero fue ponerme a cuentas con Dios, solicitar su gracia para mi vida y esperar en él. Les dije a mi corazón y a mi espíritu: ustedes están en las manos de Dios, tengan paz y confianza.

A mi mente y mis sentidos, les ordené se mantuvieran ecuánimes, aunque captaran a las circunstancias presentes, adversas y terribles.

Nunca me imaginé cuanto bien me haría esa preparación espiritual y mental que organicé en mi ingreso al campo de batalla. La presión y estrés a que es sometida la persona, puede quebrarse si no se tiene un espíritu de lucha y entereza para afrontar el desafío de una enfermedad invasiva, que te ataca en lo físico y en lo anímico.

Una hora después de mi ingreso, la doctora a cargo en el turno, se presenta conmigo y me informa de la situación en que me encuentro. Tengo ambos pulmones infectados con el virus, que provoca una neumonía y daño fuerte en los mismos. Me informa del tratamiento al que seré sometido, que consiste en antibióticos, antiinflamatorios, anticoagulantes y cortisona, además de la medicina que controlan mi alta presión arterial y el azúcar en la sangre. Mi saturación de oxígeno en el cuerpo es de setenta, deberemos subir por lo menos a noventa y cuatro. Me aclaran que mi situación es delicada, que debo tener una mentalidad positiva para que me ayude a vencer la enfermedad, es algo necesario para tener posibilidad de éxito en el combate contra el virus.

El suero hace efecto diurético y le comunico al enfermero que necesito ir al baño. Rápido, toma una silla de ruedas, que está al alcance de su mano y la acerca. Mi primera decisión es, que no me volveré dependiente de los ángeles sin alas que nos cuidan, por lo que mi parte en la lucha será: no ser una carga excesiva para ellos. Así que le indico que iré caminando al baño solo, si llego a necesitar su apoyo, le gritaré para que acuda a socorrerme.

Con la botella de suero en una mano y con la otra tratando de mantener la bata de hospital cubriéndome lo más decente posible, me dirijo con pasos torpes al baño. Tengo la oportunidad de ver someramente a mis compañeros de lucha, todos conectados al oxígeno; los que estaban conscientes, eran los más quejosos. Los casos graves están situados cerca del control de medicamentos y de las mesas de trabajo del área de enfermería.

Varias personas desnudas, la mayoría de ellas boca abajo, con un pequeño trapo cubriendo sus partes; estaban intubadas y privadas del conocimiento. Parecían sapos en proceso de disecación, por las posiciones rígidas en que estaban.

La analogía que hice mentalmente de las personas con los batracios, chocó en mi mente y la reprendí tachándola de insensible y de poca solidaridad; quizás tú podrías estar en esa situación, me dije. Bueno, no me estaba burlando, esa fue mi percepción; era burda, pero es una realidad y si yo estuviera en esa condición, también me vería como sapo disecándose.

Sentí un gusto amargo en mi boca y un fuerte sentimiento de compasión por esos guerreros que se batían en duelo a muerte contra la pandemia. Decidí mejor pasar al baño y aliviar la urgencia mingitoria que traía.

Retorné a mi cama con el ritmo respiratorio agitado, buscando el oxígeno reparador. Fue una prueba de resistencia, creo que podré seguir levantándome al baño, siempre y cuando no azote con mis huesos en el piso, en las futuras incursiones urinarias.

Llegó la enfermera con dos jeringas llenas y una botellita con manguerilla canalizadora, misma que cuelga del gancho. Primero me aplica el antibiótico y enseguida conecta a la canalización, la manguera proveniente de la botella con los antiinflamatorios y por último me inyecta en el ombligo los anticoagulantes. Antes de irse, me solicita información de los medicamentos que uso para controlar la presión alta y me avisa que estará pasando a tomarme los signos vitales cada dos o tres horas. Me recomienda que descanse y procure dormir; con los ruidosos a mis lados, lo dudo.

Un gruñido de mis tripas, me recordaron que no había comido, el desayuno lo tomé ya muy avanzada la mañana, por lo tanto pasé la hora de la comida sin bocado alguno. Como ingresé después de la cena, no fui considerado a recibir el alimento. Bonita noche iba a pasar, sin cenar y sin poder dormir por el ruido reinante.

Un rato pasé rumiando mi molestia, de pronto, mi vecino quejoso empezó a gritar asustado de que se ahogaba, que no podía respirar. Ante los gritos, las enfermeras acudieron rápido en su auxilio. Desesperado pedía oxígeno, también que le encendieran el abanico giratorio que tenía a un lado, para que le llegara el ansiado aire. Las sanitarias se dieron cuenta que se acabó el agua que usa el recipiente mezclador que está incorporado a la toma de la pared. Una de ellas corre a por una botella y el hombre desesperado manotea sintiendo que moría.

Una vez arreglado el faltante del líquido, el hombre todavía necesitó algunos minutos para reponerse. Eso bastó para que mi enojo por el hambre y la falta de sueño se fuera y considerara la situación de mis vecinos, volviendo la empatía.

Decidí aprovechar el tiempo para pedir a Dios, tuviera misericordia de todos los que estábamos convaleciendo en esas frías camas; que el temor y la angustia se fueran y, sobre todo, que la medicina y las autodefensas hicieran su trabajo en cada cuerpo afectado por el virus.

Por varias horas estuve en oración; mientras más quejidos y rezongos de mis vecinos, más ruego hacía en su favor. Los únicos descansos que tenía, era cuando por necesidad de orinar me levantaba al baño o cuando la enfermera pasaba a tomarme los signos vitales. Entonces podía distraerme por un momento y cruzar unas cuantas palabras con ella.

Ya en la madrugada, con mis sentidos embotados, el vecino por fin se durmió y la mujer a mi izquierda dejó de lamentarse. Fue así como logré conciliar el sueño, logrando dormir por dos o tres horas.

Me despertó la chica responsable de mi cuidado, cuando empezó a tomar mi presión arterial y la saturación de oxígeno. Estaban otras dos enfermeras y el doctor con la mujer de al lado, muy serios y hablando quedamente. Trato de ver por la parte expuesta, la que no logra tapar la cortina corrediza y veo una bolsa oscura conteniendo su cuerpo. Ya la habían empaquetado.

Un sentimiento de tristeza vino a mi mente; si tan sólo hubiese sabido reconocer que sus lamentos eran sollozos de entrega del alma al creador, podría haber rogado con más intensidad por su vida; en vez de suponer que eran de inconformidad por lo incómoda de su postura corporal.

*H.P. Fraijo es un escritor sonorense, autor de la novela “Pluma Blanca, la guerrera apache de Sonora”.