Por Beatriz Aldaco

Tosquedad, rudeza, simplicidad, son los términos con que, en su segunda acepción, la Real Academia Española define el vocablo “primitivismo”. Se trata de un concepto amplio y complejo cuyo uso, si se aplica a una situación actual, puede suscitar escabrosas controversias. Por eso aquí nos concedemos la licencia de utilizar simple y llanamente las nociones mencionadas para calificar ciertas acciones que han llevado a cabo recientemente algunos grupos opositores al presidente de la república y a otros funcionarios de la Cuarta Transformación.

Obstruirle el paso al primer mandatario evidencia un retorno a la utilización de recursos primitivos de confrontación que, en efecto, reflejan tosquedad, rudeza y simplicidad, es decir, primitivismo. Es que se trata del presidente, pues. Invadir su espacio vital; no dejar pasar; hacer valla, montón, alharaca, bulla; asustar, apabullar, chantajear, todo ello revela una renuncia a las estrategias derivadas de la razón y la inteligencia y remite al primitivismo, a las formas menos elaboradas para resolver problemas y enfrentar conflictos que se dirimen en esa dimensión del entramado gubernamental.

Las protestas públicas son válidas y deseables cuando persiguen fines legítimos, el mismo Andrés Manuel López Obrador las promovió y practicó, de ahí que de inmediato surja la necesidad de una comparación entre ambos procederes.

En el caso de AMLO, nunca le obstruyó el paso al presidente en turno. No recurrió a esa operación tan elemental como extrema (una paradoja), pues habría significado personalizar su lucha centrándola en una sola figura, la del primer mandatario, finalmente coyuntural o secundaria en el contexto de la fuerza que significaba el prianismo y su cofradía de poderes fácticos, y en virtud de la tarea de fondo, estuctural, de la lucha que enarboló por mucho tiempo. Confrontar físicamente al presidente habría significado trivializar su movimiento.

La paralización física de la que él fue objeto es tan primitivista como contundente el que la mayor prueba de la accesibilidad hacia la figura presidencial es que fue posible cortarle el paso sin visos de represión. Otra paradoja que los autores de la faramalla tendrían que considerar y despejar si se allegaran de sensatez.

En el caso del montaje, comprobado ya, de los alcaldes de oposición en la Ciudad de México el pasado lunes 30 de agosto para simular represión, la estrategia fue la misma que reside en la base de la fabricación de fake news: a falta de asuntos graves que condenar, en los cuales sustentar la lucha y las protestas, es necesario maquinar mentiras como garantes. Hay que inventar al malo para tener con quién pelear. Pero ahora los hacedores de embustes vieron la necesidad de idear nuevas modalidades de ficción, transitando del discurso escrito a la acción.

Y es que cuando algo ya no funciona lo suficiente por desgaste o porque es fácilmente predecible como ocurre con las noticias falsas, es necesario cambiar de táctica, de modo que los mencionados personajes decidieron salir de una zona de comodidad de escritorio a los desafíos de la calle, aunque éstos hayan sido fraguados.

En una franca manifestación histriónica, los protagonistas del montaje casi se la creen; ante la imposibilidad de ver satisfechos sus deseos de ser reprimidos y oprimidos, se prepararon con meticulosidad para la instalación de la escenografía y la representación de los actores que dieran vida a su anhelo. Todo un reto para el diván del psicoanalista.

Con todo el respeto que merecen los niños, se ha desatado una tendencia en la oposición de actuar de esa manera primitiva que cándidamente les es dada a los bebés, sólo que en ellos esas formas se justifican en virtud de su corta edad y la consabida falta de madurez psíquica. Basta repasar las etapas de desarrollo psicosexual planteadas y estudiadas por Freud para establecer comparaciones e inferir un estadio de desarrollo de ciertos sectores de la oposición bastante precario.

La mentira, la simulación, la amenaza, el chantaje, el imperativo de la fuerza física, no son herramientas características de una oposición inteligente, digna y respetable.

Tosquedad, rudeza, simplicidad…, pues eso y sólo eso. Y es la novedad.