Crónica de Raúl Acevedo Savín: Era una mañana y abril sonreía

Por Raúl Acevedo Savín Por fin el día esperado para la vacunación. Tarde o temprano, decía, nos tocará. A las 8 de la mañana tenía que estar en la secundaria que le tocaba a mi sector en el norte de…

Por Raúl Acevedo Savín

Por fin el día esperado para la vacunación. Tarde o temprano, decía, nos tocará. A las 8 de la mañana tenía que estar en la secundaria que le tocaba a mi sector en el norte de la ciudad. Ayer le envié a mi hija el PDF que hace unos días distribuyeron por WhatsApp, para que me hiciera una impresión del expediente de vacunación y así ayudar a los Servidores de la Nación con los trámites al efecto. Pero su impresora no tenía tinta. Me subí al auto y fui a un Office Max a que me hicieran la impresión. El muchacho batalló con la máquina porque las hojas le salían dobladas. -Dame dos impresiones, le dije, no vaya hacer que quieran original y copia. El día había sido uno más de los tantos de la cuarentena. En la radio Javier Solórzano, de El Heraldo Radio, despotricaba contra el Presidente y su, según el comunicador, asedio a una institución tan “honorable” como el INE. La democracia está en peligro por la autocracia que reside en Palacio Nacional, se desgañitaba Solórzano, personaje que otrora consideraba como una alternativa a la merolica manipuladora de la prensa vendida. Ahora en el auto yo le respondía a su basura: “¡Eres un hijo de puta, Javier Solórzano!”, con la impotencia que da no contar con espacios para responder a la burda manipulación.

Sabía que el día llegaría y era precisamente el viernes 9 de abril. Revisé de nuevo el Google Maps para ubicar la escuela a donde tenía que llegar. Me dormí como es habitual pasada la medianoche y a las 4 y media de la mañana ya estaba revisando los periódicos digitales, a la espera de la conferencia mañanera. Escuché por enésima vez al Presidente manifestar que se respetaba la libertad de expresión, pero que ofrecía disculpas por el derecho de réplica que como ciudadano le correspondía. A las 7 me vestí, me puse una camisa roja de manga corta, me eché mi loción, me alisé mi barba, me puse el sombrero y los lentes oscuros. Y salí a la luz del día. (Me regresé porque se me había olvidado ponerme los pantalones!! -no es cierto, jajaa).

Era una mañana y abril sonreía, escribió el poeta Antonio Machado. Encendí la radio del auto y puse el dial en Política y Rockanrrol para seguir escuchando la mañanera, pero al parecer ya había concluido y el Choco -junto con la voz de una chica- hablaban del informe de Amnistía Internacional donde “el gobierno de Andrés Manuel salía muy mal parado por la preocupante y constante violación de los Derechos Humanos y la excesiva militarización del país”. “Es raro que el tema no lo haya tocado el Presidente en la mañanera de hoy”, decía cáustico el Choco. “Ahora los simpatizantes del Presidente van a decir que Amnistía Internacional está financiada por la CIA y otras organizaciones extranjeras, pero entonces sí aplaudían cuando Amnistía Internacional cuestionaba a los gobiernos de Calderón y Peña Nieto”, expresaba mordaz. Y yo, “no puede ser, escuchar a Javier Solórzano, Pepe Cárdenas y ahora al Choco… maldita sea, son los mismos!” y apagué el radio.

En la secundaria había poca gente. Hicimos fila, el sol ya pegaba. Un tipo se quejó a mi lado. “Ahorita entramos”, le dije, “deben estar poniendo en orden, allí está el tejabán muy grande”. Luego miró el papel impreso en mi mano. “¿Y eso?”, preguntó con sorpresa, “no me dijeron que teníamos que traer papeles”. “Es sólo para ayudar a los organizadores a hacer más expedito el trámite, aquí ya lo tienen para los datos de los vacunados”, le expliqué. Son las ocho y los médicos no llegan, se quejó mi vecino de la fila. Allí están ya adentro, le comenté. Asómate, están soldados de la Guardia Nacional también. El amigo se asomó por la reja y sonrió tranquilo. Luego me platicó que tenía un taller de frenos y rectificaciones. Y por allí se fue el diálogo: cuarentena, empleos, covid. Y políticos rateros. “Afortunadamente llegó la 4T”, le dije. El Servidor de la Nación se acercó a darnos gel y a pedirle a la fila que hiciéramos sana distancia.

Nos pasaron al patio de la escuela, nos ofrecieron sillas y nos dieron una ficha, en mi caso me tocó el número 29. De inmediato me llamaron, y una enfermera muy joven, con amabilidad me pidió que levantara la manga de mi brazo izquierdo. “Le voy a poner la aguja en medio de su corazón”, sonrío la enfermera. Era por mi tatuaje. “En mi brazo derecho tengo el nombre de mi exnovia”, le comenté a modo de broma. “Ya ve, me dijo, por eso mejor debería tatuarse un planeta o la virgencita… listo, ya quedó”, me dijo. Luego me encaminaron al área donde tenía que esperar media hora para ver si había alguna reacción. Por cierto, a todos les daba la hoja impresa, pero me contestaban que no era necesario. Una voluntaria llegó, me pidió los datos y me dijo que en dos o tres meses me hablarían para la siguiente dosis.

Mientras esperaba, pude sentir cómo la vacuna recorría mi cuerpo. Una sensación de laxitud y relajación corporal. Como si me hubieran inyectado un psicoactivo. Como si me hubieran regresado la libertad. La emoción hizo que se me salieran unas lagrimitas que me sequé discretamente con mi pañuelo. Reconocí que estaba llorando de gratitud por habernos regresado la esperanza.

Mi vecino, el del taller, le preguntó al médico: “¿Oiga, doctor, y cuanto tiempo tenemos que esperar para echarnos unas cervecitas?” “Todos preguntan lo mismo”, contestó el médico sonriendo. “Espérense a que la vacuna haga su efecto 24 o 48 horas, y ya después me invitan una cahuama”, dijo el doctor. Todos reímos.

Pasada la media hora, nos despedimos. Subí al auto y me vine a escribirles esta croniquita.

Era una mañana y abril sonreía.

¡Salud!!