El cielo por asalto

Por Jesús Ceceña El 1 de julio de 2018, el pueblo mexicano llevó a cabo lo que hasta entonces era inconcebible para muchos esperanzados en viejas fórmulas del siglo pasado, tomar el cielo por asalto de manera pacífica, en una…

Por Jesús Ceceña

El 1 de julio de 2018, el pueblo mexicano llevó a cabo lo que hasta entonces era inconcebible para muchos esperanzados en viejas fórmulas del siglo pasado, tomar el cielo por asalto de manera pacífica, en una especie de insurrección cívica o, como sostendría Rosa Luxemburgo, espontaneidad de las masas. El electorado mexicano, cansado de la indolencia de la vieja clase política, se dirigió a las urnas armado solamente con su voto cargado de esperanza y formando un frente común llegó a la cumbre del Olimpo, donde se asentaban los grandes señores para decir ¡BASTA!

El hartazgo generalizado, al ver cómo se servían a manos llenas los que se autoproclamaban servidores públicos y que cínicamente hacían alarde del dispendio de los recursos públicos, solo para que estos fueran a parar a sus bolsillos y de sus allegados, fue el catalizador para que, por primera vez en muchos años, el candidato opositor arrasara en las urnas, hecho solo equiparable al obtenido por Francisco I. Madero en 1911.

Debemos considerar la convergencia de varios factores que impulsaron al pueblo mexicano a optar por un movimiento joven, sin suficientes cuadros preparados y una estructura consolidada, basado principalmente en el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, para embarcarse en esta aventura de sacar de su pedestal a la anquilosada clase política, mencionaré solo algunos que me vienen a la mente en este momento.

Uno. El desprestigio de los partidos políticos tradicionales que solo se sucedían unos a otros sin marcar un cambio significativo en la implementación de las políticas de gobierno en el corto, mediano y largo plazo, así como la poca transparencia y ausencia de espíritu de servicio en la conducción de la administración pública, lo que a la vista del ciudadano común significaba solo una sucesión de colores y personajes, aunque sin un cambio significativo para la vida nacional.

Dos. La inseguridad pública que, en los últimos sexenios en lugar de ir disminuyendo, con el paso del tiempo solo fue incrementándose y agudizando las relaciones de complicidad entre las bandas criminales con políticos y funcionarios, lo que ha enraizado la corrupción e impunidad en la vida nacional y al igual como sucede en las guerras, las principales víctimas son los civiles.

Tres. La pesada y desigual carga impositiva que se llevaba sobre las espaldas de los ciudadanos mediante gasolinazos y aumentos en tarifas por encima de la inflación y a nivel internacional, mientras los salarios se mantenían congelados y los grandes capitales gozaban de un trato preferencial, al punto de condonárseles los impuestos que por ley debían de pagar.

Cuatro. El incumplimiento de las promesas ofrecidas por el neoliberalismo de acabar con el endeudamiento, la inflación y la devaluación, así como de hacer más eficiente el Estado y satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos, mediante la privatización de las empresas públicas y el libre mercado.

Conviene detenerse en este último punto, ya que fue precisamente la implementación de este modelo lo que provocó que todos los problemas mencionados anteriormente se agudizaran por consecuencia de sus recetas como: facilidad de acceso a los recursos naturales de los países proveedores de materias primas para aumentar la producción y abaratar costos lo que se tradujo en saqueo, destrucción y contaminación, “flexibilidad laboral” que terminó por despojar de seguridad social y derechos a la mayoría de los trabajadores; apertura comercial sin contrapesos ni supervisión que sometió a pequeñas empresas, cooperativas y productores nacionales a los dictados de las corporaciones y que significó, no solo el trasiego de mercancías, sino el de armas, drogas y seres humanos con fines de explotación sexual,  desregulación financiera que facilitó el libre flujo y blanqueamiento de capitales provenientes del crimen organizado. Esa es la otra cara de la “destrucción creadora” que no quiso reconocer Joseph Schumpeter, uno de los principales apologistas del neoliberalismo.

Sorprendentemente, el rechazo de los mexicanos respecto a los excesos e indolencia por parte de los que implementaron el neoliberalismo en nuestro país, no se tradujo en una insurrección violenta e irracional, fue un acto reflexivo y concienzudo que se decantó por la vía pacífica para dar inicio a un cambio que supere el modelo neoliberal hacia otro, donde el Estado no esté exclusivamente al servicio de los grandes capitales, sino de la sociedad en su conjunto, de los ciudadanos, los trabajadores, los pequeños empresarios, los profesionistas, los estudiantes, los jóvenes, los adultos mayores, hombres y mujeres, es decir, el establecimiento de un verdadero Estado de bienestar.

Trascender el modelo neoliberal, modelo que ha entrado en crisis sobre todo a raíz de la pandemia, no es un acto inmediato. Un modelo impuesto desde hace cerca de cuarenta años ha llevado a muchos a creer que el mercado es la única respuesta y que el Estado solo debe servir para dar certeza a los grandes capitales y que el resto queda a merced de la mano invisible de la que hablaba Adam Smith. Aun no existe un proyecto alternativo definido a nivel mundial, solo propuestas y ensayos que empiezan a implementarse en algunos países, dentro de los cuales el nuestro es cabeza de playa. La cuarta transformación de la que habla López Obrador va en ese sentido y dentro de esa lucha pretende consolidar las promesas inconclusas de las anteriores transformaciones: soberanía, Estado de derecho y justicia social.

Sin embargo, el acompañamiento de esta transformación, iniciada hace dos años en el escenario nacional, no puede ser posible mientras persistan los grupos favorecidos por el viejo régimen, enquistados en los sectores claves de la administración local. Para que sea posible que el proceso de transformación tenga seguimiento en el estado de Sonora, se hace necesaria una renovación de los órganos de la Administración Pública del Estado, de otra manera se verá entorpecido y con obstáculos por parte de esos mismos grupos y donde los afectados serán los propios ciudadanos, entendiéndose la lucha electoral como la vía pacífica para acompañar esa transformación nacional iniciada en 2018.