La batalla cultural que viene

Por Mario Campa Durante la conferencia mañanera del 16 de julio, el Presidente advirtió que lo más importante [para la 4T] es el cambio de mentalidad. Agregó que temas como el clasismo, el racismo y la corrupción eran tolerados y…

Por Mario Campa

Durante la conferencia mañanera del 16 de julio, el Presidente advirtió que lo más importante [para la 4T] es el cambio de mentalidad. Agregó que temas como el clasismo, el racismo y la corrupción eran tolerados y estaban ausentes de la conversación pública. Sabe que la batalla cultural apenas empieza y en Sonora deberán tenerlo bien presente quienes se sumen al servicio público en los próximos meses.

El arribismo en los albores de un proceso de transición es una de las primeras vallas que cualquier nuevo Gobierno debe superar. Ante la escasez natural de talento humano agravada en Sonora por el ascenso vertiginoso de Morena como partido líder y la larga hegemonía priista (y su vertiente panista), la tentación de subir al barco remeros experimentados es siempre latente.

La tensión entre sumar un currículum cargado de servicio público, pero viciado por esa cultura política que AMLO señala estará inexorablemente presente. El obradorismo tendrá que ser inteligente, pues toda transformación debe ser plural, incluyente y popular, pero también debe fidelidad a sus principios y vigilancia de sus valores.

Hacer política es cabalgar contradicciones. Empero, la fuerza moral del movimiento es uno de sus activos más valiosos. Cualquier funcionario que transgreda límites -i.e., que no meta las manos sino los pies, parafraseando a Fidel Castro -se convertiría en un pasivo para el movimiento y un bagaje para su solvencia moral, además de un engrane suelto de la maquinaria gubernamental que busca la purificación de la vida pública, como parte de una batalla cultural más amplia. El Gobierno debe ser un núcleo que irradie ideas y fuerza moral.

El sentido de la función pública será uno de los espacios culturales disputados. La visión prevalente en Sonora -incluyendo la de muchos jóvenes- es que todo aquel que se incorpora a un proyecto político adquiere una especie de licencia para delinquir; que recibe un carné de privilegios que valida el presumir influencias, palancas y hasta la presunción del transfuguismo político como hazaña. Esa mentalidad será dura de roer.

Una de las misiones históricas del próximo Gobierno debe ser la de cambiar esa visión del servicio público como fuente de riqueza expedita. La falta de movilidad social de las últimas décadas ha empujado a miles de sonorenses a las garras del crimen y esa misma parálisis los hace frotarse las manos a la primera oportunidad de ascenso en la escalera gubernamental.

Con los vicios heredados del PAN y del PRI, no podemos esperar que cuadros criados en otras formas políticas se aten a un mástil como lo hizo Ulises frente al canto seductor de las sirenas. El liderazgo discursivo del Gobernador; la voluntad de los altos mandos para autorregularse a sí mismos; el continuo perfeccionamiento institucional -por ejemplo, de la Contraloría y del ISAF-, y el mismo obradorismo crítico de cualquier distanciamiento de la visión macro compartida, deberán ser la brújula moralizadora del nuevo proyecto que aspira a transformar de fondo la vida pública estatal.

Ante los tiempos que se asoman y la batalla cultural cuesta arriba que viene, toca recordar aquel célebre tuit del político español Íñigo Errejón que pocos entendieron en el 2015: “La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación–apertura”.

Que venga en Sonora la apertura, pero también la afirmación.

*El autor es asesor independiente, especialista en finanzas internacionales y política económica. Tiene estudios en el ITAM y la Universidad de Columbia, y colaboró con el Ministerio de Hacienda de Chile. Artículo autorizado por su autor para publicarse en Sonora Inclusiva.