López Velarde, maderista y carrancista en la Tercera Transformación

La humanidad no retrocede, avanza… Como en la Edad Media, ahora viene para México otro Renacimiento, un nuevo torrente que llegará hasta lo más recóndito de nuestra patria. Ramón López Velarde Por Beatriz Aldaco Opositor a la dictadura de Porfirio…

La humanidad no retrocede, avanza… Como en la Edad Media, ahora viene para México otro Renacimiento, un nuevo torrente que llegará hasta lo más recóndito de nuestra patria.

Ramón López Velarde

Por Beatriz Aldaco

Opositor a la dictadura de Porfirio Díaz y fustigador de la traición de Victoriano Huerta, antiintervencionista, antirreeleccionista, maderista, carrancista: Ramón López Velarde (Jerez de García Salinas, Zacatecas, 15 de junio de 1888- Ciudad de México, 19 de junio de 1921) cultivó y difundió esas posturas y posicionamientos políticos e ideológicos personales a través de artículos y notas periodísticas. Poco han aportado y mucho han confundido quienes, en el afán de extraer conclusiones políticas de sus textos poéticos, han acusado al vate jerezano, entre otras lindezas, de “reaccionario”, sustrayendo términos inscritos en el ámbito poético para aplicarlos al político. “Lo candoroso -ha dicho Gabriel Zaid con respecto a un escrito de Emmanuel Carballo en ese sentido[1], está en leer poesía como si fuera una declaración judicial”.

Otro fiasco que se presenta al revisar análisis de la vida y obra del poeta es el de Guillermo Sheridan en su escrito “Ramón López Velarde, católico maderista”[2] cuando, al pretender explicar la oposición a la dictadura que abiertamente ha manifestado el poeta, aduce:

Además de las razones generacionales, López Velarde se opone a la dictadura por toda suerte de razones. Es norteño, pertenece a la clase media ilustrada (y castigada); es originario de un ámbito vulnerado por el centralismo. Y desde luego es católico.

Le es imposible al opinante ir más allá del accidente geográfico, de clase y generacional, así como de la adscripción religiosa, aun cuando es ampliamente sabido que, aunque católico, López Velarde era un ferviente crítico de la religión y lo más lejano a un fanático, como puede advertirse en varios de sus escritos. Si bien Sheridan cita los libros que el poeta ha leído, no los vincula directamente con su pensamiento. Y si por momentos le concede al poeta cualidades revolucionarias como su sentido de la democracia y su “respeto al pluralismo”, no duda en atribuir la exposición de esos principios a la necesidad y deseo del poeta de ¡conseguir trabajo! Así, después de dar cuenta de las retahílas de éste contra Zapata, se pregunta: “¿Confiaría que escritos así le ayudarían a conseguir trabajo con Madero o con su antiguo camarada, Pedro Antonio de los Santos?”. Más adelante, se extraña de que el “resentimiento contra la revolución” que afecta al poeta y su “odio” a Huerta, Villa y Zapata, “no se atenúan, a pesar de que vive modestamente y tiene a salvo a su familia”. Es decir, Sheridan no puede sino dar explicaciones privadas e individualistas a posiciones políticas basadas en principios y convicciones. El propósito de este texto es justamente señalar esas ideas.

Museo del poeta Ramón López Velarde en la Colonia Roma de la Ciudad de México

López Velarde: antiintervencionista, antiporfirista, antirreeleccionista, maderista

En un artículo del 20 de noviembre de 1909,  publicado bajo el seudónimo de Esteban Marcel en el periódico El Regional de Guadalajara, López Velarde expone su rechazo al intervencionismo estadounidense burlándose de una nueva visita del periodista James Creelman a México para entrevistar a Porfirio Díaz. El primer famoso encuentro fue a fines de 1907 y la entrevista se publicó en varios medios en marzo del año siguiente. En su escrito, López Velarde hace mofa del engaño de las “promesas democráticas” para México que a través del “ilustrísimo yankee” el presidente hizo en aquella ocasión, así como del supuesto agrado con que Díaz aceptaría el arribo de la oposición en México:

Daré -dijo Porfirio Díaz– la bienvenida a un partido de oposición. Si aparece, lo veré como una bendición y no como un mal, y si puede desarrollar poder, no para explotar sino para gobernar, estaré a su lado. Me olvidaré de mí mismo en la feliz inauguración de un gobierno totalmente democrático en mi patria”.

“Primo de las confianzas presidenciales”, “periodista gringo que hace dos años abandonó las babilónicas ciudades del Tío Sam”, “sibila de Cumas que nos viene de la tierra de Taft”, son algunas de las frases calificativas plagadas de ironía que usa López Velarde al exhibir lo que para él fue una complicidad de artimañas entre el presidente mexicano y el reportero estadounidense, una tomadura de pelo: “Y tú, insigne periodista, relator de tamañas supercherías, heraldo de semejantes embustes, sigues impávido, acariciando la idea de otra entrevista, de una segura tomadura de pelo”.

López Velarde lee La sucesión presidencial en 1910 (1908) de Francisco I. Madero, la analiza y la critica. Junto a algunos de sus compañeros de la Escuela de Derecho, se declara abiertamente antirreeleccionista en 1909. El 14 de octubre de ese año publica un artículo en El Regional de Eduardo J. Correa, donde al tiempo que exalta las cualidades de Madero (“Este fronterizo vale, por su hombría”; “Al proclamar el antirreeleccionismo tuvo Madero una actitud caballeresca, un gesto bizarro, una palabra de justicia”; “independencia de rara avis”), le reprocha la contradicción de aceptar una última reelección del presidente: “Consentir en la reelección del presidente para oponerse a la de los demás funcionarios es lo que en romance se llama andarse por las ramas. Pero creo que en esto Madero fue torpe. No más. Lo juzgo honrado como siempre”. Aunque para López Velarde el antirreeleccionismo era un principio, una idea que no soportaba matices, ni excepciones, continúa apoyando a la rara avis fronteriza.

A principios de 1910, varios compañeros de la Escuela de Leyes del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí, liderados por Pedro Antonio de los Santos, forman una agrupación antirreeleccionista a la que se suma Ramón López Velarde. Madero llega a San Luis Potosí en marzo de 1910 como candidato a la presidencia de la república, y poco después López Velarde se convierte en cofundador y secretario del Partido Potosino Antirreeleccionista. Gabriel Zaid relata los pasos que el jerezano dio a partir de ese momento:

Cuando Madero volvió preso a San Luis y no había abogados que lo defendieran, López Velarde y Pedro Antonio de los Santos tomaron su defensa y consiguieron que se le diera la ciudad por cárcel (julio de 1910). Cuando Madero, en esa relativa libertad, hace planes con sus seguidores y decide fugarse y tomar las armas, López Velarde lo acompaña en la reflexión, si bien no toma las armas. Cuando Madero llega a presidente y empieza a cometer errores, López Velarde lo defiende: no se puede decir «que la Revolución sólo ha servido para cambiar de amos. Medite tranquilamente cómo vivimos hoy y cómo vivíamos antes […] No estaremos viviendo en una República de ángeles, pero estamos viviendo como hombres, y ésta es la deuda que nunca le pagaremos a Madero» (Carta del 18 de noviembre de 1911 a Eduardo J. Correa, que estaba dolido de la falta de reciprocidad de Madero con el Partido Católico Nacional)”. (El subrayado es mío).

Sombrero de López Velarde exhibido en su museo

En una carta del 8 de abril de 1911 dirigida también a Correa, arremete contra los clérigos que apoyan a Díaz y se declaran enemigos de Madero y de la revolución:

Nunca sostendré que los sacerdotes no deban hablar de política (…) Pero, por desgracia, los obispos que hasta ahora han hecho declaraciones, en vez de mantenerse en un campo neutral, ya que el movimiento encabezado por el señor Madero en nada afecta al catolicismo de un modo desfavorable, se han supeditado al gobierno con la más lamentable de las parcialidades. No quiero hablar del señor Valdespino, de quien jamás tuve buena opinión en lo relativo a facultades intelectuales. Este señor condena categóricamente la revolución porque “nadie puede aprobar el robo ni el asesinato”. Yo pregunto ¿no es triste que un obispo muestre un criterio político tan rudimentario y unas tan confusas nociones sobre la ley del progreso? Decididamente, el obispo de Sonora no nació para sociólogo. (El subrayado es mío).

Termina señalando la antipatía que la actitud de algunos de esos miembros del clero provoca en los antiporfiristas, “que son la inmensa mayoría de los mexicanos”.

Sin cortapisas y a pesar de las críticas que hace a algunas decisiones y circunstancias de la presidencia de Madero, en la misiva de noviembre de 1911 declara:

la voluntad decidida que siempre he tenido para el hombre fenómeno, porque yo sí soy de abolengo maderista, de auténtica filiación maderista; y recibí el bautismo de mi vida política en marzo de 1910, de manos del mismo hombre que acaba de libertar a Méjico. Le diré con franqueza, amigo Correa, que una de las satisfacciones más hondas de mi vida ha sido estrechar la mano y cultivar la amistad de Madero, y uno de mis más altivos orgullos haber militado como el último soldado del hombre que hoy rige al país. Para que se acabe de formar concepto cabal de mis impresiones sobre este asunto, le diré que si la administración de Madero resultase el mayor de los fracasos, eso no obstante, sería yo tan lealmente adicto a Madero como lo he sido desde la tiranía del general Díaz.

Sobre el contexto en el que se inscribe la vicepresidencia de Pino Suárez, ensalza el sufragio efectivo y la no imposición por parte de Madero, “a cuya obra extraordinaria debemos los mejicanos poder vivir una vida de hombres”[3]. Denuesta varias veces las manifestaciones de la oposición en contra del presidente, como la permanencia en su puesto del gobernador de Jalisco, Alberto Robles Gil y Tolsa, a quien denomina un “antimaderista furibundo” que pretende ilegítimamente suceder al presidente en funciones, “de ahí la hipocresía refinada con que se conduce en sus relaciones con el Gobierno federal”. Reprueba que el gobernador dé cuerda a las injurias de los periodistas de Jalisco contra Madero, y que los “escritorzuelos gobiernistas” de ese estado se manifiesten a favor de Porfirio Díaz.

López Velarede: antihuertista

Declarado abiertamente antihuertista, antes de la sublevación de febrero de 1913 renuncia al periódico La Nación y se traslada de la Ciudad de México a San Luis. Sin embargo, sobre la Decena Trágica se pronuncia hasta mucho tiempo después, en diciembre de 1915, con estas duras pero muy generales palabras: “Por 1913, cuando el insuperable monstruo convertía al país en un charco de lodo y sangre, amasados por las botas alcohólicas del Barrabás…”. Aunque se aparta de la escritura política durante aquel lapso, en las cartas a Correa continúa manifestándose como revolucionario al sugerir un tratado de paz y se pronuncia por la continuidad del proceso de cambio para “despojar a la burguesía de toda su fuerza política y de su preponderancia social”, y para hacer “una poda de reaccionarios, en especial de los contumaces”.

López Velarde: carrancista

Más adelante apoya al presidente Carranza, a quien llama “mi padrino”. Se convierte en secretario particular del coahuilense Manuel Aguirre Berlanga, que está a cargo de la Secretaría de Gobernación. Sobre lo que ocurre antes de la caída de Carranza, Javier Garciadiego Dantán escribe:

en mayo de 1920 éste (Manuel Aguirre) era uno de los más importantes acompañantes de Carranza en su huida de la capital, cuando ésta fue amenazada por los rebeldes sonorenses. Todo parece indicar que López Velarde iba en el convoy que salió a Veracruz, para apoyar a su jefe el Secretario de Gobernación Aguirre Berlanga. Sin embargo, como la mayoría de los civiles, regresó a la ciudad de México en uno de los primeros contratiempos militares del convoy presidencial. (…) También se ha dicho que López Velarde llegó a la estación de ferrocarril con retraso, por lo que no pudo ir en la comitiva y permaneció en la ciudad, donde dos semanas después se enteró de los sucesos de Tlaxcalantongo. (…) Sin embargo, el propio López Velarde dijo a una amiga que sí había logrado embarcarse pero que no llegó más allá de la Villa cuando descendió del tren y regresó a la ciudad[4].

Tras el asesinato de Carranza, se muestra desconsolado y rechaza la posibilidad de ocupar algún cargo público pues todos estarían manchados con la sangre del coahuilense.

¿Reaccionario Ramón López Velarde?, se pregunta Gabriel Zaid en referencia a lo señalado al inicio de este texto, y se contesta:

Reaccionarios, los asesinos de Madero. Reaccionarios contumaces, los Científicos convencidos de que los mexicanos, por su propio bien, necesitaban volver a la mano férrea del orden y el progreso: al paternalismo político, peligrosamente interrumpido por Madero. Reaccionarios, los que, valiéndose del fraude y la represión, impedían que los mexicanos se elevaran a vivir como hombres.

Aunque nunca profundizó suficientemente en sus disertaciones políticas, es innegable que Ramón López Velarde supo comprender la dimensión histórica de la revolución y la conceptualizó como una transformación: “Como en la Edad Media, ahora viene para México otro Renacimiento”; “Medite tranquilamente cómo vivimos hoy y cómo vivíamos antes”. La revolución respondía al necesario progreso de la sociedad mexicana (“La ley del progreso”), para lo cual era necesario liberar a México de la tiranía de Porfirio Díaz y de sus secuaces reaccionarios.

[1] http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/lopez-velarde-reaccionario–0/html/30eda334-1961-4b08-88b7-4d0a9cfe9832_1.html

[2] http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcrr2f2

[3] http://www.cervantesvirtual.com/portales/ramon_lopez_velarde/autor_apunte/

[4] https://www.cronica.com.mx/notas-ramon_lopez_velarde_maderista-1177566-2021