Rubén Gámez: grandioso cineasta de Cananea, Sonora

El oriundo de Cananea logró en pocas obras lo que otros no consiguen en toda una vida: encontrar su propia voz, su propio cuerpo estético.

El olvido tiene a veces sus caprichos. Se ensaña con personajes de importancia capital quién sabe por qué designios. Le pasó al cineasta sonorense Rubén Gámez cuyo peso en la industria cinematográfica es más grande de lo que se cree.

Con una filmografía corta pero esencial, el nacido en Cananea trabajó como fotógrafo en el mundo de la publicidad y poco a poco empezó a incursionar en el mundo del cine. Como todo genio, su vida fue incómoda en su tiempo: por la ruptura con el lenguaje cinematográfico tradicional, la búsqueda incesante de una estética propia y sobre todo por una temática subversiva para el sistema político nacional.

Un legado por descubrir

Mónica Luna Sayós, subdirectora del IMCINE, señala que la obra de Gámez aún está en fase de exploración.

“Es una obra íntima, única y diferente a todo lo que hay en el cine mexicano, desde la creación de la banda sonora que para Gámez era muy importante porque contrapunteaba lo que estamos viendo, hasta su temática que era una crítica descarnada al sistema”, opina Luna Sayós.

Su mediometraje “La Fórmula Secreta”, ganadora del Concurso de Cine Experimental, dimensiona la brillantez del autor sonorense: el hecho de que el escritor Juan Rulfo saliera de su autoexilio para escribir un poema que leyó un joven Jaime Sabines, quizás como una aceptación tácita de un destino compartido.

El oriundo de Cananea logró en pocas obras lo que otros no consiguen en toda una vida: encontrar su propia voz, su propio cuerpo estético. Su cine, siempre cercano a la literatura está lleno de metáforas visuales, paradojas narrativas y es un ejercicio que demanda toda la atención del espectador. Una experiencia infinita en matices.

El crítico de cine Jorge Ayala Blanco describió el cine de Gámez como una mirada novedosa que retrataba un nacionalismo defensivo y rebelde, puestos que varias veces hizo crítica de la actitud sumisa del pueblo mexicano hacia los atropellos de la clase gobernante. Ahí radica otra de las riquezas del hacer de Gámez: el ambicioso proyecto de dotar de una identidad propia al cine mexicano.

El olvido imperdonable

Sistemáticamente ignorado, pronto fue quedando en los cajones empolvados de la memoria colectiva, sin reparar en la necesidad de estudiarlo. Su última obra fue Tequila, estrenada en 1992. Diez años después, Rubén se despediría de la vida, casi como llegó: de puntillas, como diría Marcel Blanchot de los personajes que dejan huella.

En esta época donde se idolatran a directores como Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Alejandro González Iñárritu por los triunfos cosechados, haríamos bien en echar la mirada atrás y salvar de la neblina del olvido a una voz de un autor breve pero trascendental como Rubén Gámez.