Suave matria. Envidia del amor al prójimo del presidente

En el fondo del odio que la figura de AMLO despierta en ciertos sectores de la población, persiste en muchos casos la envidia de sus virtudes.

De los siete pecados capitales, el único que se considera necesario matizar en el lenguaje común es la envidia. Como para suavizar la culpa de quien se declara afectado por tal flaqueza, se estima imperativo precisar que se trata de “envidia de la buena”, a diferencia de lo que ocurre con los otros vicios que nutren tan pecaminosa lista. No se nos ocurre decir, por ejemplo, que somos presa de soberbia, ira o gula “de la mala” o “de la buena”.

Pero resulta que envidia sólo hay una, y en el diccionario de la Real Academia Española se le define, en su primera acepción, como “tristeza o pesar del bien ajeno”, y en la segunda como “emulación, deseo de algo que no se posee”.

Quien se ve asaltado por la envidia no sólo desea para sí lo que el otro posee, sino que tal estado le ocasiona sentimientos negativos (tristeza o pesar, dice la Academia, y en el pesar caben el disgusto y el dolor y, por consiguiente, el odio).

Más allá de estas disquisiciones, convengamos en que desear a secas lo que otra persona posee no sugiere algo intrínseca y éticamente reprobable, salvo que la aspiración o deseo vayan acompañados de animadversión, rencor, menosprecio, repulsión u otras manifestaciones del ánimo de similar naturaleza.

Podríamos establecer dos grupos: quienes cumplen cabalmente con la definición de envidia, es decir, que desearían para sí mismos lo que otros poseen al tiempo que muestran malos sentimientos por éstos, y quienes simplemente detestan al otro por poseer lo que ellos no tienen pero que ni por asomo desearían esas virtudes para sí mismos porque no las consideran útiles o importantes.

Si bien la envidia, entendida como una combinación deseo/odio, se presenta sobre todo con relación a bienes materiales como el dinero, existen cualidades o posiciones en la vida social que también son objeto de ese sentimiento. De entre las más comunes pueden mencionarse el carisma, la popularidad, la fama, los ascensos laborales, un buen estatus y, por qué no, la capacidad de amar.

En el fondo del odio que la figura de Andrés Manuel López Obrador despierta en ciertos sectores de la población, persiste en muchos casos la envidia de sus virtudes. Sí, de sus virtudes, de ésas de las que el o la odiadora no pueden presumir porque carecen por completo de ellas.

Si bien en los seres humanos son comunes los amores acotados a uno mismo, a la pareja, a la familia, al grupo social o clase a la que se pertenece, no lo es el amor al prójimo refrendado cotidianamente en actos concretos y verificables. Es muy difícil “competir” con alguien que comporta, sostiene y defiende esa clase de amor, y ahí es donde radica el sentimiento de envidia que muchos guardan por el presidente.

Envidia porque nunca se le han podido comprobar actos de corrupción, los cuales entrañan todo lo contrario al amor al prójimo pues siempre afectan negativamente a terceros; envidia porque de manera auténtica y palpable busca beneficiar a los que menos tienen y ahí están los programas sociales y otras acciones para comprobarlo; envidia porque es capaz de ver por los más desprotegidos no sólo mexicanos sino de otros países y latitudes, sólo hay que revisar sus iniciativas para la democratización de las vacunas contra el covid y la inmediata ayuda humanitaria internacional que ha brindado a sociedades en crisis o en peligro; envidia por su creciente popularidad, que tiene que ver con valores como la empatía y la solidaridad, es decir, con el amor al prójimo; envidia por la transparencia con la que se conduce, la cual indica que no tiene nada que ocultar; envidia por la inviolabilidad de sus principios, entre los que predomina el amor. Envidia, sí.

Sin idealizar a la persona del presidente, el odio que muchos le tienen se finca, en efecto, en la envidia de su amor al prójimo.